Una
mañana de febrero de 1957 Gilberto Silva Taboada, tranquilo biólogo
vinculado a la Escuela de Ciencias Naturales de la Universidad de La
Habana, estudioso de los murciélagos y miembro de la Sociedad
Espeleológica de Cuba, fue sorprendido cuando sin previo aviso fue
invitado con carácter de urgente a una suite del hotel Habana Hilton
por los abogados de la firma Jova-Vega Penichet, representantes en
Cuba de los negocios del norteamericano Jacobo Jack Arvey,
influyente político de Chicago, por entonces presidente del Partido
Demócrata de los Estados Unidos de Norteamérica y a la vez audaz
industrial.
