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lunes, 3 de septiembre de 2018

Sé, con los ojos cerrados, que aun están allí.


Atiendan a lo que una vez me contó Magín Fonseca, un montero duro de la rivera de la Sierra de Cubitas.
Una noche Evaristo que desde la vuelta de La Ermita Vieja regresaba a caballo para San Miguel de La Entrada, que era donde él vivía, encontró a medio camino a Tino, un joven vecino del mismo batey de La Entrada. “Adelánteme un poco que estoy muy cansado”, le dijo a Evaristo, se monto a las ancas del animal y así fueron un rato conversando. A la media marcha y un poco antes de llegar al cementerio de Tuabaquey, que esta a la orilla, del camino, el joven se bajo de la bestia y le dice a Evaristo, “Déjame aquí que yo sigo luego. Dígale a mi gente que estoy bien”. Evaristo insistió para que no se quedara solo allí y que siguiera con él, pero este Tino se negó y se negó. Cuando Evaristo llego por fin a La Entrada fue directo a la casa del vecino para dar el recado y además preocupado porque el muchacho se había quedado solo en el camino. Y mira, allí le dijeron que esto no era posible porque Tino se había ahorcado el día antes en Camagüey.

miércoles, 21 de octubre de 2015

La gloria no hace milagros



Erase que cuando La Gloria fue The Gloria City, era un espejismo. Después La Gloria fue un sueño. Después La Gloria fue un olvido. Después La Gloria fue una leyenda. Hoy La Gloria es un futuro. 
 A 8 kilómetros de Sola bajando por la loma a medio camino de la costa fangosa encuentras a La Gloria. Comunidad que alguna vez fue utopía enredada en leyendas ciertas o falsas y donde hoy se acuna esperanza. 

martes, 4 de agosto de 2015

Papeles son papeles


Busco algo y me encuentro con parte de mi pasado, un pasado lindo, de ese que me gusta recordar y comparto, máxime a estas alturas en que las comunicaciones han dado un vuelco entonces impensado y que me ha hecho comparar lo real maravilloso de este mundo. Corría el año 1967 y yo con mis cortos trece años tuve que separarme —como el resto de la familia— por un tiempito (como decimos por aquí), aunque no muy largo, de mi padre. Él por cuestiones de trabajo fue a La Habana y desde ese hotel que tanto le gustaba y nos gustaba, el Nacional, escribía y recibía la correspondencia que luego guardó con celo y hoy cuido.
Aquellas cartas, demoradas a veces, perdidas otras, pero siempre con un embrujo especial a su llegada, las abría con ansiedad, esas y otras de mi tía Llilla, primero de La Habana, luego de un poco más lejos —España—, pero todas con un lenguaje sincero y de infinito amor.