Atiendan
a lo que una vez me contó Magín Fonseca, un montero duro de la
rivera de la Sierra de Cubitas.
“Una
noche Evaristo que desde la vuelta de La Ermita Vieja regresaba a
caballo para San Miguel de La Entrada, que era donde él vivía,
encontró a medio camino a Tino, un joven vecino del mismo batey de
La Entrada. “Adelánteme un poco que estoy muy cansado”, le dijo
a Evaristo, se monto a las ancas del animal y así fueron un rato
conversando. A la media marcha y un poco antes de llegar al
cementerio de Tuabaquey, que esta a la orilla, del camino, el joven
se bajo de la bestia y le dice a Evaristo, “Déjame aquí que yo
sigo luego. Dígale a mi gente que estoy bien”. Evaristo insistió
para que no se quedara solo allí y que siguiera con él, pero este
Tino se negó y se negó. Cuando Evaristo llego por fin a La Entrada
fue directo a la casa del vecino para dar el recado y además
preocupado porque el muchacho se había quedado solo en el camino. Y
mira, allí le dijeron que esto no era posible porque Tino se había
ahorcado el día antes en Camagüey.


